Cooperativismo, más que la unión de socios…
En el presente artículo se realiza un desarrollo textual y reflexivo sobre qué se entiende por cooperativismo, la importancia del mismo, su normativa y en particular, su incidencia en nuestro país. Así también, se expondrá, desde la experiencia y la veracidad, cuál es la idiosincrasia de nuestra cooperativa “Ronda Catonga”. Todo esto, en el marco del año internacional del cooperativismo, decretado por la ONU el 19 de junio del 2024.
Una cooperativa, tal como la define la Alianza Cooperativa Internacional, "es una asociación de individuos que se unen por voluntad propia para satisfacer sus necesidades y aspiraciones compartidas en lo económico, social y cultural. Esta unión se lleva a cabo a través de una empresa que pertenece a todos los miembros y que se administra de manera democrática".
Esta organización agrega que: "los valores que caracterizan a las cooperativas son la colaboración mutua, la responsabilidad, la democracia, la igualdad, la equidad y la solidaridad. Se rigen por principios éticos como la honestidad, la transparencia, la responsabilidad social y la preocupación por los demás."
En Uruguay, hay más de 3.900 cooperativas activas que nuclean a más de 1.000.000 de personas, afirmó, a través de un video promocional, el presidente de la Cudecoop, Hugo Montaño.
El INACOOP es quien propone, asesora y ejecuta la política nacional del cooperativismo. Tiene como objetivo promover el desarrollo económico, social y cultural del sector cooperativo y su inserción en el desarrollo del país.
Nuestra cooperativa de trabajo, “Ronda Catonga”, con una antigüedad de 10 años, surge también con la necesidad y entusiasmo de promover el trabajo cooperativo, que pueda brindar herramientas y servicios sociales, en nuestro caso, a la sociedad más vulnerable. Algunos de estos servicios son: Solución Habitacional y Acompañamiento Integral para Adultos Mayores y Mujeres con NNA, Servicio de Centro de Cuidados; los cuales desarrollaremos más adelante.
Respecto al marco normativo en nuestro País, en el año 2008 el 24 de octubre fue aprobada la Ley general de Cooperativas , se establece, “La ley principal que rige las cooperativas en Uruguay es la Ley General de Cooperativas Nº 18.407, promulgada en 2008. Esta ley regula la constitución, organización y funcionamiento de las cooperativas, estableciendo principios como la libre adhesión, el control democrático de los socios y la participación económica equitativa. La Ley Nº 19.181 de 2013 también modificó varios artículos de la ley original.”
El Artículo 185 de la Ley N° 18407 de Uruguay se enfoca en la Promoción del Estado hacia el Sector Cooperativo, estableciendo que el Estado debe impulsar políticas públicas para fomentar la economía social y cooperativa, incluyendo el apoyo a su desarrollo, fortalecimiento y la educación cooperativa. Este artículo subraya el compromiso estatal de crear un marco favorable para el cooperativismo, aunque el contenido exacto puede variar según la legislación de cada país, ya que en otros lugares este número de artículo se refiere a aspectos diferentes como liquidación o estatutos.
Nuestra cooperativa apuesta a soluciones concretas a través de servicios, con visión a futuro y en términos de calidad. En otros artículos estaremos desarrollando sobre los mismos.
Referencia bibliográfica:
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Constitución de la república. Art 185 - 2008
-
Torreli, M. 2012 - Informe Uruguay - Matriz de datos cuantitativos y política pública.
-
Alianza Cooperativa Internacional.
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Construyendo comunidad
Mes de la Mujer 2026
En este mes de marzo, queremos reconocer una fuerza que no siempre ocupa los
titulares, pero que sostiene el tejido más sensible de nuestra sociedad: la mujer
cooperativista.
El cooperativismo no es solo un modelo económico; es una filosofía de vida que
encuentra su máxima expresión en aquellas mujeres que eligen la solidaridad, la
empatía y la gestión colectiva para transformar la realidad de quienes más lo
necesitan.
La labor de la cooperativista que trabaja con poblaciones vulnerables se despliega
en frentes críticos:
Son el primer eslabón de contención para otras mujeres.
A través del apoyo mutuo, transforman círculos de violencia o carencia, en redes
de autonomía económica y emocional.
En las comunidades, las cooperativas lideradas por mujeres garantizan espacios
de cuidado y juego, defendiendo el derecho de niñeces y adolescencias a una vida
digna.
Frente a futuros inciertos , la mujer cooperativista es un modelo de rol basado en
el trabajo y la participación democrática, brindando a los jóvenes herramientas
para construir un proyecto de vida sólido.
Un Compromiso que Transforma
Cooperar es la convicción de que nadie se salva solo. La mujer cooperativista no
solo asiste; ella organiza la esperanza.
Mientras que el mundo ve "números" en la población vulnerable , la cooperativista
ve personas con derechos. Su trabajo diario marcado por el esfuerzo militante y
la convicción política, es lo que permite que la justicia social deje de ser un
concepto abstracto y se convierta en un derecho defendido.
Es por esto y más que desde nuestro compromiso queremos reconocer a las
educadoras, técnicas cuidadoras, auxiliares y a todas aquellas que,
desde la democracia e igualdad, alzan la voz por un futuro donde la
vulnerabilidad sea solo un recuerdo y la dignidad sea la norma.
Comisión de género, Cooperativa Ronda Catonga
Día internacional de las mujeres
Cuando la violencia rompe la red: reconstruir la manada
En el marco del Día Internacional de la Mujer, una reflexión sobre las mujeres que atraviesan situaciones de violencia, las pérdidas que implica salir de ella y la importancia de reconstruir redes que acompañen esos procesos.
La violencia que se vuelve sistema.
Mujeres atravesadas por la violencia. Mujeres a las que el silencio invadió durante años, muchas veces como única forma posible de sostener una estructura de poder que se impone dentro de los vínculos.
La violencia no aparece solamente en un gesto individual: se sostiene en un sistema que reproduce miedo, control y desigualdad. En este sentido, la antropóloga Rita Segato señala que la violencia contra las mujeres no puede entenderse únicamente como un problema privado o doméstico, sino como una forma de organización del poder que atraviesa a la sociedad.
Cuando la violencia se vuelve cotidiana, también lo hace la ausencia de redes. A veces la familia no está, otras veces se retira. Las amistades se diluyen. Y el Estado, que debería sostener, muchas veces también llega tarde o no alcanza a reparar el daño.
La violencia no aparece solamente en un gesto individual: se sostiene en un sistema que reproduce miedo, control y desigualdad.
Salir también es una forma de pérdida.
A esta realidad se suma otra violencia: la de tener que huir. Perder el techo, abandonar lo conocido, comenzar de nuevo. Muchas mujeres salen de sus casas con sus hijos e hijas a cargo, enfrentando la incertidumbre de no saber dónde dormirán o cómo continuarán sus vidas.
Seguir siendo fuertes, seguir sosteniendo, aun cuando ellas mismas sienten que ya no pueden sostenerse.
Cuando finalmente aparece un techo, cuando surge una solución habitacional o un espacio de resguardo, se resuelve una preocupación inmediata. Pero muchas otras continúan presentes. El miedo no desaparece de un día para otro. La desconfianza permanece. La vigilancia aprendida durante años sigue habitando en sus cuerpos y en sus pensamientos.
Salir de la violencia también implica pérdidas: dejar el hogar, abandonar lo conocido y comenzar de nuevo.
El peso del silencio.
La desigualdad atraviesa estas historias que se repiten una y otra vez. Situaciones que terminan por normalizarse, donde pareciera que hay que aguantar. Donde muchas mujeres llegan a creer que son responsables de lo que viven: que deberían haberse dado cuenta antes, que tal vez exigieron demasiado, que hay que entender al varón que llega cansado de trabajar y sostener el rol de proveedor.
Así, el silencio aparece como una forma de protección, incluso más segura que alzar la voz.
El 8 de marzo: memoria y presente
El Día Internacional de la Mujer, cada 8 de marzo, nos invita a detenernos a pensar en estas realidades. No se trata solamente de una fecha en el calendario. Es una oportunidad para recordar las luchas que permitieron conquistar derechos, pero también para reconocer todo lo que aún falta transformar.
A menudo se construyen discursos que desacreditan estas luchas: se dice que marchar es odiar valores, que ser feminista es querer que a los varones les vaya mal. Sin embargo, el feminismo no busca invertir relaciones de poder, sino cuestionar las desigualdades que las sostienen.
Cuando no hay manada
Salir de la violencia nunca es sencillo. A veces se sale porque el daño ya no se soporta. Porque el golpe fue demasiado fuerte. Porque el miedo impide dormir. O porque aparece un límite inevitable: el deseo de que los hijos o hijas no tengan que vivir lo mismo.
Salir también implica atravesar sentimientos complejos: la culpa, la vergüenza, la sensación de traición. Muchas mujeres bajan la cabeza al irse, no por falta de valentía, sino porque saben que serán señaladas.
Y en ese proceso aparece otra realidad difícil de nombrar: la soledad. Muchas mujeres no tienen una red. No existe una manada que sostenga y contenga.
Las mujeres que cuidan, muchas veces, no se cuidan a sí mismas. Y quienes están dedicadas a sostener la vida de otros rara vez encuentran tiempo o espacio para ser cuidadas.
Reconstruir la manada
Sin embargo, incluso en medio de esa oscuridad, algo comienza a reconstruirse. Surge lentamente la posibilidad de una nueva versión de sí mismas. Una identidad que tal vez se siente invisible al principio, pero que poco a poco empieza a buscarse y a reconstruirse para poder continuar la vida.
En ese camino aparecen nuevas formas de manada. A veces son instituciones. A veces son otras mujeres con historias similares o incluso muy diferentes.
La antropóloga feminista Marcela Lagarde plantea que las alianzas entre mujeres —lo que denomina sororidad— permiten construir redes de apoyo capaces de transformar las condiciones de vida que producen desigualdad y violencia.
Niños y niñas que muchas veces no logran comprender por completo lo sucedido. Algunos vieron todo y guardan silencio. Otros preguntan. Otros simplemente acompañan el proceso de sus madres desde su propia forma de entender el mundo.
En estos espacios, los equipos de trabajo también pueden transformarse en manada: grupos humanos que acompañan procesos, que sostienen, que escuchan y que caminan junto a las mujeres en la reconstrucción de sus historias.
Porque acompañar no siempre implica comprenderlo todo ni haber atravesado las mismas experiencias. Acompañar también es estar, sostener, escuchar y permitir que cada mujer pueda reconstruir su identidad sin tener que perder la propia.
A veces volver a empezar no significa hacerlo sola.
A veces volver a empezar es encontrar una nueva manada.
Bibliografía
Rita Segato
Segato, R. (2016). La guerra contra las mujeres. Madrid: Traficantes de Sueños.
Marcela Lagarde
Lagarde, M. (2006). Pactos entre mujeres: sororidad. Madrid: Horas y Horas.
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